Reproducimos a continuación un artículo de Xuan Cándano publicado en el número 5 de la revista Atlántica XXII, de la que es director.
Vienen al caso estas reflexiones por su estrecha relación con el ambiente que se vive en el convento: un silencio atronador que nada tiene que ver con ninguna paz espiritual ni armonía natural.
En un medio de comunicación no puede haber silencio o de lo contrario se convierte en un espacio anquilosado, empobrecido y como el agua estancada, apestoso. Para que los aromas de la podredumbre no nos acaben provocando vómitos (naúseas ya las tenemos), es una cuestión vital romper el silencio en la RTPA.
TIEMPO DE SILENCIO Xuán Cándano
Ningún tiempo pasado fue mejor, pero en el mío hubo una época en la que en las redacciones de los medios había ruido, atronaban las conversaciones, surgían las tertulias a la mínima tontería, los teletipos entonaban su cálida melodía y cualquiera enfilaba la puerta y se unía al barullo con total naturalidad, porque los guardias-jurado aún no se habían inventado y nos hubieran parecido una pesadilla orweliana. Era la transición, pero, en aquella borrachera de ingenuidad y utopía, no sabíamos que hacia este mundo de silencio, derrota y plácido aburrimiento.
Hoy en las redacciones no se oye una mosca, porque se las comió todas el ratón del ordenador, y nada las diferencia de una triste oficina de negociado de la posguerra. Y el panorama no es muy distinto en cualquier centro de trabajo. Ver, oír y cobrar, sentenció una vez un trabajador excepcional, no por laborioso, sino por cachondo.
Un aire de tristeza, bien remunerada, recorre el mundo, desde Europa hasta Norteamérica, pero no penetra en el Sur, donde el hambre se combate con la alegría de vivir. Paradojas de la vida y del estómago.
Las Universidades – tan feas en su pulcritud, sin las pintadas que inundaban sus paredes y formaban su mejor libro de texto ya no son refugio de inconformistas, sino vulgares Escuelas de Negocios, donde no se forman personas, sino dirigentes. Las aulas parecen conventos y los profesores, que sólo sueñan con la jubilación, son más rebeldes que los alumnos, algo tan absurdo como un hijo reprimiendo al padre por salir de juerga.
Hace ya tiempo, felicitándome por un artículo crítico con esa apatía universitaria, un prestigioso catedrático me mandó una breve carta, casi clandestina, porque insistía en que el destinatario debería ser su único lector. «Es que aquí reina la paz de los cementerios», decía para justificar su discreción. Si la paz de los cementerios reina en la Universidad, como ciertamente ocurre, la sociedad yace muerta enterrada bajo una losa infranqueable.
En 1961 Luis Martín-Santos publicó «Tiempo de silencio», una obra excepcional que cambió el rumbo de la literatura española y una metáfora certera, ya desde el título, de aquella España ahogada por el miedo, donde callar era una imposición social.
Ocho años después Max Aub volvió a España autorizado por el franquismo durante un par de meses para preparar un libro sobre Luis Buñuel, con quien compartía en México exilio y añoranza de su país. El choque que padeció al comprobar la realidad española, treinta años después de partir, aparece reflejado, con demoledora crudeza, en «La gallina ciega», el libro que publicó en México dos años después. A Max Aub, uno de los escritores más interesantes de la efervescencia cultural de los años 30, lo recibieron algunos colegas, periodistas, artistas e intelectuales a su regreso, entre ellos el poeta Angel González, entonces militante comunista. Pero casi nadie se acordaba de su figura ni de su obra y se encontró un país feliz y satisfecho, donde no parecía importar la dictadura, sino la paella de los domingos, el depósito de la gasolina lleno en la primera invasión de coches de las clases medias y el recurrente fútbol, que entonces no daba alegrías nacionales, pero que ya servía eficazmente para evadir a las masas de otras peligrosas preocupaciones.
Uno de sus interlocutores en el libro, al que no menciona como a otros muchos para no ocasionarle problemas con el régimen, se lo resume a Max Aub con tres palabras:
– Ha vencido la indiferencia.
Y se lo explica con total crudeza al viejo escritor, uno de los de la efímera República de las Letras de los años 30, que debió pensar escuchándolo que entonces sí que definitivamente había perdido la guerra.
«Como habrás visto, los jóvenes saben mucho más de fútbol que de formas de gobierno, de jazz que de derechos humanos. Fomentando esta manera de pensar hemos conseguido una juventud sana y bulliciosa que no piensa cosas mayores y que no quiere jugar antes de tiempo a cosas de hombres».
Ese tiempo de silencio, que Martín-Santos convirtió en magia literaria y Max Aub en una esclarecedora crónica viajera, nunca nos ha abandonado, con la excepción del paréntesis de la transición política, donde los poderes nos dejaron dar algunas voces durante una temporada, hasta que formaron una nueva clase política para zanjar el desmadre y volver a poner las cosas en su sitio.
En la historia reciente de España sólo hubo otro paréntesis de algarabía, duró media docena de años y terminó a palos, como toda romería que se precie. La II República llegó con una fiesta espontánea y acabó en un baño de sangre.
Siempre es tiempo de silencio en la historia de España, también con la democracia, aunque sea una paradoja, e incluso con la izquierda gobernando, aunque sea triste. Por eso resulta curioso oir o leer a muchos columnistas y tertulianos sorprendidos ante el silencio, la sumisión y la pasividad de los dirigentes y bases de los partidos políticos ante sus jerarquías, empezando por el del gobierno. Como si para acceder a su puesto, y por supuesto para mantenerlo, no tuvieran que obedecer, callar y mirar para otro lado cuando es necesario. Como si la vida, y no sólo la política, no fuera precisamente eso, un ignominioso tiempo de silencio.